Stadi
Olimpic Montjuic, Barcelona
on Sunday 29th of June 2003.The Olympic Stadion had almost 60.000 people on the Sunday show. The
Pretenders did the warm up in the really hot Barcelona.
Set list:
Brown Sugar - Start Me Up - You Got Me Rocking - Don't Stop - Angie - You Can't
Always Get What You Want - Can't You Hear Me Knocking - Tumbling Dice - Slipping
Away - Before They Make Me Run - Sympathy For The Devil - I Just Want To Make
Love To You - Street Fighting Man - Like A Rolling Stone - Gimme Shelter - It's
Only Rock'n'Roll - Honky Tonk Women - Satisfaction - Jumping Jack Flash.
El
fuego de los Stones derrite el Estadi Olímpic:
RAFAEL TAPOUNET
BARCELONA
Ya está. Los Rolling Stones comparecieron anoche
en el Estadi Olímpic, despacharon su infalible arsenal de canciones clásicas
durante dos horas y se largaron. Suficiente para convencer a las 60.000 personas
que llenaban el recinto de que habían asistido a un acontecimiento memorable.
Quizá el último concierto de la legendaria banda en Barcelona, aunque eso es
algo que se dice cada vez que salen de gira. ¿Quién sabe? Igual hay que
esperar a los recitales del 50° aniversario del grupo. Mick Jagger tendrá 69 años;
Charlie Watts, 72.
Después de que Chrissie Hynde y sus Pretenders entretuvieran al público con un
estimulante show mermado por las deficiencias del sonido y la enormidad del
estadio (ellos no tenían derecho a megapantallas de vídeo ni a efectos
especiales), los Stones salieron al escenario con impuntualidad rockera. Sin
mediar palabra, y cuando no se había extinguido el frenesí de gritos y palmas,
Keith Richards, doblado sobre sí mismo, disparó las notas que abren Brown
sugar. Aullidos de júbilo. Mick Jagger sirvió una pequeña muestra de sus
imitadísimos pasos de baile. Rugidos de asombro. Empezaba un viaje por cuatro décadas
de rock sin adulterar, y los espectadores se apuntaron con entusiasmo. "Sou
de puta mare", soltó Jagger.
LUCHA DE EGOS
Start me up --coreada por todo el estadio--, You got me rocking
--que puso en marcha las pantallas de vídeo-- y la nueva Don't stop
--con los punteos de Ron Wood proyectados a lo grande gracias a una minicámara
sujeta en el mástil de la guitarra-- fueron las primeras paradas de una travesía
que no siempre fue plácida. Los Rolling Stones nunca se han caracterizado por
poner las cosas demasiado fáciles. Así que con Angie y, sobre todo, con
You can't always get what you want empezaron las improvisaciones y los
desajustes de sonido que tanto mosquean al superprofesional Charlie Watts (y que
provocan cruces de miradas asesinas).
Cuentan que en los conciertos de mediados de los años 60, el malogrado
guitarrista Brian Jones solía mostrar su desdén por Satisfaction
tocando la melodía de Popeye, el marino en medio de la canción de
marras. Desde entonces, los conciertos de los Rolling Stones han sido siempre un
campo abierto para la desmesurada lucha de egos que ha mantenido vivo al grupo
durante 40 años. Aún hoy, en ocasiones, Jagger y Richards tiran de las
canciones en direcciones diferentes y el resultado es un espectáculo fascinante
y terrible, como una colisión múltiple en una autopista de alta velocidad.
Por fortuna, ahí están los instrumentistas de apoyo --el teclista Chuck
Leavell, el bajista Daryl Jones, la corista Lisa Fisher, el saxofonista Bobby
Keys-- para tapar huecos y minimizar los daños. Claro que anoche los Stones
parecían estar en forma. Especialmente Jagger, que hizo gala de un poderío
vocal como pocas veces en esta gira. Además, el repertorio se defiende solo: Tumbling
dice, Simpathy for the devil (con una puesta en escena de fuego y luces que
convirtió el Estadi en la caldera de Pedro Botero), Gimme shelter, It's only
rock'n'roll, Honky tonk women... Clásicos de ayer y antes de ayer.
El veteranísimo grupo dio pocos respiros --apuntemos uno: la interminable y setentera
rueda de solos de Can't you hear me knocking-- y la noche era calurosa,
así que muchos espectadores aprovecharon el momento en que Keith Richards cantó
dos de sus canciones (Slipping away y Before they make me run)
para acercarse al bar. Todo un homenaje.
Nadie se movió de su sitio, en cambio, cuando los músicos enfilaron la
pasarela que daba acceso a un pequeño escenario ubicado en el centro del
estadio, desde el que despacharon magníficas versiones de I just want to
make love to you (Willie Dixon), Street fighting man y el Like a
rolling stone dylaniano mientras los fans situados más cerca de la tarima
se frotaban los ojos. Tampoco se movió nadie cuando el grupo se despidió tras
escupir una larguísima versión de Satisfaction bajo una lluvia de
confeti rojo. Aún quedaba el bis. Aún quedaba Jumping Jack Flash. Aún
quedaban los fuegos artificiales. Aún quedaba la rendición total del público.
Volverán. Seguro.
En el exterior, de vuelta a casa, las camisetas con la lengua hermanaban a tres
generaciones.
Richards,
el señor del caos:
Lo primero que hizo Keith Richards al salir al
escenario fue marcar su territorio: toda la tarima. El guitarrista lucía una
chaqueta malva de largura casi levítica que le emparentaba con el look
eduardiano de los teddy boys. El resto de su indumentaria y todos los
abalorios que llevaba eran decididamente filibusteros. Su arado rostro se parece
cada vez más al de una vieja echadora de cartas zíngara.
Richards va por libre. Es el elemento caótico de un show profesional hasta
decir basta. Sólo él sabe cuándo va a tocar un riff birlado a Chuck
Berry o un punteo del libro de Muddy Waters. Eso es todo, amigos. Pero con estas
dos bazas hace maravillas. Es el guitarrista definitivo de rock and roll. Y,
además, tiene sentido del espectáculo: las simiescas posturas que adopta te
hacen temer por su integridad física. Si de él depende, habrá más giras de
los Rolling Stones: demostró que puede tocar más encorvado que el jorobado de
Notre-Dame.
Richards opina que la electricidad es el invento más importante de la humanidad.
Seguro. Qué poquita cosa parecía con una guitarra acústica en la interpretación
de Angie. En cambio, de nuevo con una Fender Telecaster, se convirtió en
un héroe en el inicio de Can't you hear me knocking. A pesar de que hizo
una exhibición de incompetencia técnica.
Cuando tenía 10 años Richards cantó en la masa coral que actuó en la
coronación de la reina Isabel II en la abadía de Westminster. Ayer, sus
lecturas de Slipping away y Before they make me run fueron de
ultratumba en vez de celestiales. Puede llevarse con Jagger como el perro y el
gato, pero se complementan como el yin y el yang. A cámara lenta, imprevisible
y explosivo como la nitroglicerina, Richards se lució a su manera en Sympathy
for the devil, Street fighting man y Satisfaction.
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