Around 30.000 people saw this great
show at the stadium in Benidorm.
A nadie dejó indiferente en Benidorm que Sus Satánicas Majestades actuaran
en la ciudad. Incondicionales ensalzándoles hasta lo inimaginable, policías
locales que no dan abasto, comerciantes que se suman al carro, hosteleros con
oferta ad hoc, madres de alumnos enfadadas y vecinos de Les Foietes rezando «a
ver si llueve y se tienen que ir todos por donde vinieron».
División de opiniones, sería en los toros. Nunca llueve a gusto de todos, diría
el refranero. El caso es que a nadie dejó frío el hecho de que, por fin, los
Rolling fuesen a tocar en Benidorm. Y los primeros fans estratégicamente
sentados en la entrada principal. Faltan ocho horas. «Mira tronco, que ésto no
es un juego. Yo no vengo porque haya playita, ni sol. Si los hay, pues mejor.
Voy a donde estén, sea aquí, en Huesca o en el Polo Norte.
LENGUA. Un incondicional de los Rolling. / ÁNGEL GARCÍA
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Vengo por verlos, porque son únicos», te cuenta un treintañero
enfundado en camiseta alusiva al fenómeno rolling. «El poder es la
voluntad de la Historia», filosofaba otro. «¿Diecinueve folios de
exigencias? Me parecen muy pocas para lo cojonudos que son. Músicos menos
conocidos piden más gilipolleces». ¿Y no son muy caras las entradas? «Pagar
80 euros por ver a estos monstruos es un placer. Caros son los impuestos del
Gobierno», responde un colega de muy poco modesta camiseta: no sólo soy
perfecto, también soy un rolling stone.
Mariano Muniesa, de Madrid, es director de revista musical, tiene un
programa en la TV local y otro de radio. «Me he dejado todo hecho para
poder venir, he trabajado el triple de lo normal. Vine cuando se suspendió
y fastidia mucho. Te joden los gastos pero te jode mucho más la desilusión
de no poder verlos». ¿Y por qué tan temprano aquí? «Porque los quiero
sentir cerca. Más que verlos, deseo que me vean a mí. Y si alguno me mira,
o me roza con su mano... ¿uf¿ me mato a pajas durante tres años».
Aún no llegan al centenar los fans concentrados a la entrada del estadio.
Incondicionales pero críticos. «Aquí hay mucha desorganización. No hay
cola y nadie sabe nada. En otros sitios no pasa ésto. Ya he visto 13
conciertos, en España y en el extranjero», dice Kiko Reboredo.
Eduardo Busquel acaba de instalar un improvisado tenderete. Vende lenguas,
el típico símbolo de la legendaria banda, a modo de pin. «Vengo de
Segovia y necesito vender 300 para pagar la entrada, no es por ganar dinero.»
Están hechas a mano, con pasta de papel «y a sólo un euro cuando el pin
oficial te cuesta diez...» Cerca, la tienda del merchandising oficial
ofrece camisetas de 20 y 30 euros, todas estampadas con frases alusivas.
Llegan ya los vecinos del barrio, atraídos por la movida. Margarita Martínez
es fans de los Rolling, a sus 64 años, «porque mis dos hijos también lo
son y a mí me encantan de tanto oirlos en casa. Tienen casi mi edad, ya son
mayores, pero dicen que quien tuvo, retuvo. ¿Bustamante? Quita, quita, ése
sólo es un aprendiz al lado de cualquiera de la banda». Lamenta Margarita
no poder costearse la entrada «porque me hace mucha ilusión verlos, pero
las 40.000 pesetas de pensión no me llegan ni para pasar el mes». Luego
mira los negros nubarrones: «veremos si no les llueve, me daría mucha
rabia que fallaran otra vez».
Su opinión parece la excepción que confirma la regla del malestar del
vecindario. Adolfo Muñoz está indignado: «Deberían caer granizos como puños.
Los del mercadillo de los miércoles han tenido que suspenderlo, llevan una
semana cortando las calles.... En un año ha venido dos veces a limpiar este
barrio: el día de las elecciones y hoy. Los Rolling nos han jodido a todos».